Soplando Polvo

Jessica Rabbit
#streetart
Jul 23

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On the road
Jul 22

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Se incendia el telo. Humo de siliconas y pelusas
Jul 22

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Baghdad
Jul 22

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Abr 8

el regreso de Mao

Abr 5

i fought the law, and the law won

young trash
Mar 18

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hipster christ
Mar 11

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Mar 10

punk de color

Matar no siempre es pecado mortal.

Quitar la vida es un acto transformador.

El pecado no es matar, el pecado es no haberse transformado.

El gordo ameba de Gastón empezó diciendo que para ser macho hay que hacer cosas de machos y que hasta que yo no hiciera cosas de machos iba a seguir siendo un maricón. Qué maricones en este mundo sobran y que lo que hacen falta son huevos.

Le dije que yo no era maricón, que yo solamente hacía lo que quería y que había cosas que simplemente no me gustaban. Pero el gordo insistió y a él se le sumó Enzo que empezó a decir que yo era un maricón porque no me gustaba jugar al fútbol.

Estuvimos todo el camino apostando a quien era el más maricón de los tres. Ellos decían que era yo y yo decía que era Enzo porque la noche anterior había tenido pesadillas después de que el hermano de Gastón nos contara una historia de terror.

Después dijeron que si tomábamos en cuenta a todo el curso el más maricón era Botrel porque tiene voz de mujer, después Morando porque es el mejor amigo de Botrel, tercero Lucho que siempre llora cuando lo retan, cuarto yo y quinto el negro Albornoz que cuando vas a dormir a su casa te obliga a estar toda la noche con la luz prendida.

Decían que el mío era un caso que todavía no estaba perdido, que aún tenía posibilidades de redimirme pero que para eso había que hacer algo drástico. Ya no alcanzaba con que patee una pelota. Decían que la única alternativa que tenía un maricón como yo para dejar de serlo era disparándole a un pájaro.

Caminamos bien lejos de la casa, hasta un ombú gigante que queda en el medio de los pastizales. Un ombú que a la tarde se llena de pájaros que lo usan para pararse en sus ramas secas a descansar y mirar el sol.

Nos sentamos un rato en un tronco mirando fijo al ombú. Gastón me dijo que cuando a él le llegó la hora de hacerse macho su papá lo llevó a dispararle a unas botellas viejas que había en el galpón y que a mi ya me había llegado la hora.

Enzo cargó el aire comprimido, me lo dio y me dijo que cierre un ojo y que con el otro elija un pájaro.

Empecé a mirar a todos los pájaros intentando elegir uno. Buscaba uno que pareciera viejo, pensando en que ya había vivido su vida y que probablemente ya no tuviera mamá y por lo tanto no iba a haber ningún otro pájaro que lamentara su muerte.

Gastón y Enzo me apuraban e insistían con que yo ya era un caso perdido, que no había posibilidad de revertirme, que yo era el más cagón. Volví a recorrer con la vista toda la copa del ombú hasta que vi un aguilucho que me llamó la atención. Estaba parado sólo, sobre una de las ramas más altas del árbol. Tenía la cabeza erguida y el pecho inflado. Miraba fijamente al sol. Parecía tener el ceño fruncido, parecía estar serio. Parecía ser bien macho.

Lo miré fijo con el ojo izquierdo, apunté y bang. Cientos de pájaros salieron volando para todas partes. Cotorras, teros, aguiluchos y chajás.

Gastón empezó a saltar como mogólico y a gritar “Le diste, le diste, lo mataste”. Enzo me abrazó torpemente y salió disparado hacia el árbol. Gastón y yo lo seguimos.

Sobre un charco de agua estaba el aguilucho. Ya no parecía tan fuerte. Ya no parecía tan macho. No estaba muerto, pero estaba lleno de sangre que mezclada con el agua y con el barro hacían parecer al pájaro un bicho patético.

Los tres nos quedamos mirando en silencio esperando a que su agonía terminara. El bicho intentaba abrir las alas, movía sus patas y la cabeza pero no lograba levantarse.

Sus movimientos cada vez eran más esporádicos hasta que en un momento dejó de moverse.

Matar no siempre es pecado mortal. A veces es necesario que alguien muera para que otro sea salvado.

Oct 6
Machos

Cientos de miles de banderas y remeras cubrían las calles de Mendoza con las siglas PR. La mayoría leía en esas letras Patricio Rey pero otro veíamos el nombre de nuestra propia tribu, los Putos Ricoteros. Es una especie que abunda pero de la que poco se sabe.

Solemos pasar desapercibidos pero les aseguro que somos muchos. Y la noche del 14 de septiembre la mayoría estábamos en el Autódromo de San Martín en la provincia de Mendoza para ver a nuestro dios el Indio Solari.

Para el juicio convencional quiénes hacen más de 1.500 kilómetros para acampar en el frío, empolvarse la nariz, tomar de una recortada y empujar a 100 mil personas para llegar adelante del campo necesariamente no se la comen. Pero el juicio convencional solo es eso, convencional, y se olvida que el marica no es sólo un estereotipo de novela.

Y uno de esos salidos del manual soy yo, un puto ricotero que disfruta hacer mosh en un infierno de lluvia, frío y calor.

Pero, ¿Cómo identificar a un semejante en un lugar dónde pareciera que nadie podría entender palabras como Mostra o Paqui? Hazaña en principio imposible.

Al recital no llegué sólo, fui con un amigo, pero con uno de esos amigos que por más macho que sea prefiere la comodidad del fondo al descontrol y el reviente del frente del escenario. Cuándo empezó a sonar Todo preso es político mi excitación era tan grande que me dejé llevar ciegamente por la gran masa humana dejando a mi amigo muy muy atrás.

Pero estas alegrías aumentan cuando uno las comparte. No me importaba demasiado quién o cómo fuera ese alguien solamente quería poder encontrar unos ojos que estuvieran vibrando al mismo ritmo que mis emociones. Y dicen que cuándo de compartir alegrías se trata, nunca se tarda.

Estaba sonando La murga de la Virgencita (¿habrá sido una señal?) cuando en el medio del pogo se me salió una zapatilla. Un morocho con rulos de ojos miel y la piel curtida por el frío me vio desesperado y frenó la emoción del resto de los muchachos para que yo pudiera encontrar mi Topper. “¡Gracias!”, -le dije tímidamente. Me respondió con una sonrisa y me dijo que me apoye sobre su hombro para poder calzarme sin caerme. Cuando lo agarré, me puso una mano sobre la mía y me volvió a sonreír. “Estoy sólo, perdí a mi amigo”, -le dije. “Yo también, -me respondió-, quedémonos juntos, vas a necesitar a alguien cuando se te vuelvan a salir las zapatillas”.

¿Lo había encontrado? ¿Era otro PR como yo o un lindo chico que solo quería ayudarme?

Fuera lo que fuera a mí no me importaba. Si hasta que terminara el recital me seguía sonriendo como lo estaba haciendo ahora, más no iba a necesitar.

Entre tema y tema se fue presentando. “Me llamo Manu soy de Córdoba, vine sólo, estoy viajando desde febrero, ya fui al norte y ahora sigo para el sur. ¿Vos?”

Me olvidé de todo, sólo puedo pensar en mirarte. ¿Me dejás?

Y otra vez se me salió la zapatilla. No estoy seguro si alguien me pisó o si inconsciente-conscientemente me la saqué, pero haya sido lo que haya sido, “¿Me puedo volver a apoyar en tu hombro?”.

Y otra vez me volvió a agarrar la mano para que no me caiga y otra vez me volvió a sonreír.

Afuera del autódromo hacían menos de cero grados pero acá adentro entre 100 mil personas la temperatura rozaba lo infernal. El calor se soportaba gracias a la lluvia que no paró de caer durante las más de dos horas que duró el recital.

Manu tenía calor y se sacó la remera. Tenía tatuado en la parte que va del abdomen a la espalda un dibujo del Indio. “Me gusta”, -le dije- y empezó a sonar Mariposa Pontiac. Me abrazó fuerte y gritó “Qué buen tema, ¿Bailás?”. Y me agarró de la mano y bailamos rock & roll como se bailaba en La Reina. Terminó el rock y me volvió a abrazar, mi cabeza quedó contra su pecho, me dio un beso en la cabeza y gritó al aire “Grande Pelado”. Casi como una respuesta del Indio a Manu empezó Juguetes Perdidos y él me dijo al oído, “mi tema preferido”. Para mi una lástima porque yo ya sé que cada vez que empieza este tema es porque el recital está a punto de terminar.

Lo escuché en silencio pegado a Manu, casi que ni lo canté. Terminó y empezó Flight 956 y ahora sí, sabía que este era el anteúltimo tema, que el Indio no da sorpresas, que después venía Jijiji y que esto terminaba. El Indio desde el escenario advirtió “Se viene el pogo más grande del mundo”. Manu me apretó fuerte la mano y me dijo “Acá explota todo petiso”. Con el primer riff, la gente automáticamente empezó a hacer un círculo gigante dejando un gran espacio en el interior, yo estaba pegado a Manu. Cuándo el Indio cantó por primera vez “No lo soñé” Manu me apretó más fuerte y me dijo “No te sueltes petiso, quédate conmigo” y me llevó con él hasta el centro del pogo donde miles de personas se concentraron para saltar, empujarse y cantar. Miedo no me da, no era ni el primer ni el último recital al que iba  a ir, pero no sé por qué estar con Manu me hacía sentirme protegido como si todos estuvieran amenazándome y con él nada pudiera pasarme.

Pero de repente entre tanto quilombo la mano de Manu se me soltó, levanté la cabeza y no lo podía encontrar, no estaba, la masa de gente se lo había llevado. Me pasé el resto de la canción intentando buscarlo pero no lo pude encontrar por ningún lado. Ya no estaba, lo había perdido.

El tema terminó, la gente empezó a desconcentrar pero yo seguía en mi lugar intentando buscar a Manu entre las más de 100 mil personas que había en el lugar. Me quedé alrededor de 30 minutos parado hasta que de repente escuché a alguien que gritó “Tomi”. Me di vuelta buscando a Manu pero no, era mi amigo que venía con una sonrisa gigante. “Estuvo increíble, tocó temones, te perdí y no te volví a encontrar, ¿dónde estabas?, ¿cómo la pasaste?

“Y qué se yo”, -pensé. Agradezco haberte perdido. Agradezco que se me haya salido la zapatilla. Agradezco haber encontrado a Manu. Agradezco que él me haya encontrado a mi.

Sep 28
Encendiendo el infierno en el medio de la tribu

Olivia mira los pájaros desde la ventana sin entender por qué nunca va a poder volar. Olivia va de una punta a la otra de la ventana sin sacar los ojos del vidrio. Olivia se desespera cada vez que un pájaro se para del otro lado. No entiende como puede ser que cada vez que ella ladra los pájaros desaparezcan en dirección al cielo. No entiende por qué ella queda encerrada. No entiende por qué un animal chico puede alcanzar alturas que ella nunca va a poder alcanzar.

Pero hay algo que Olivia si entiende y es que cada vez que se frustra por no poder salir afuera puede ir corriendo hasta la falda de Mamá para que le explique una vez más que afuera hace frío, que ya es de noche, que a esta hora es peligroso y que mejor se acueste con ella, que no se preocupe, que mañana cuando salga el sol, la va a atar a la correa para que salgan juntas a pasear. 

Sep 26
La falda de Mamá

cientos de miles de palomas se entretienen jugando al amor en mi ventana mientras yo cargo cientos de miles de planillas de Excel.

Sep 11
la primavera en los tiempos de hardware
Jul 2

Queer kills Hamlet

Jul 1

escuchar este disco debería ser obligatorio en todas las escuelas primarias